In: Tenebrae Per Secula

12 Nov 2012

- ¡Es imposible que creas que esto está bien!-

- No tiene sentido, dices -

- Claro que no lo tiene. Es cosa de pensar tamaña estupidez que acabas de hacer.-

- Lo que para ti es una estupidez, para mi es muestra de que dentro mío vive alguien, a diferencia de ustedes que al parecer dejaron de ser humanos una vez que tuvieron cómo.- dijo mientras miraba el suelo, esbozando ligeramente una sonrisa sarcástica.

- no me hables huevadas hippies. La cagaste y punto.

- Como quieras. Ya está hecho. Bien o mal, sea como sea, no me quedaré para siempre con la sensación de poder haber hecho algo y al final solo mirar la ventana viendo los días pasar, preguntándome “¿qué hubiera pasado si…?”-

- Eso es lo más egoísta que he escuchado en el año -

- Concuerdo, tu discurso de “al fin libre” cuando te separaste fue antes de navidad del año pasado…-

- Cállate, mierda y sal de mi oficina. Hay un auto esperándote para llevarte al aeropuerto y en este sobre hay un pasaje de vuelta a Santiago. Tómalo, déjalo, es tu problema. No quiero volver a verte cerca de mi familia, huevón. ¿está claro?-

- Tu famillia… qué divertido. Y yo soy el egoísta. Me pregunto qué pensará tu hijo de todo esto. Oh, cierto, ni siquiera sabemos dónde está.-

Mor se levantó de su escritorio enfurecido mientras Pablo abría la puerta mirándolo con desprecio y esa sonrisa sarcástica incrementada en su rostro.

Una vez fuera del edificio, vio el auto estacionado y un tipo con cara de pocos amigos parado al costado, sujetando un periódico. Algo había en su postura que le recordó a su padre: el tipo llevaba un arma bajo el abrigo. Dio 2 pasos en dirección al auto esperando que la gente que caminaba por la acera se dispersara, pero antes de llegar al borde del pavimento, cruzó intempestivamente esquivando los otros carros que circulaban, para desaparecer en la entrada al tren subterráneo mientras el tipo del abrigo intentaba cruzar no sin antes buscar desesperadamente el radio que tenía en el bolsillo del abrigo. Para cuando hubo sacado el radio y llegado al anden buscando al objetivo, Pablo ya había cruzado el andén y se encontraba en el mismo lado de la acera donde había visto al hombre y el carro. De algo sirven las películas, pensó. Ahora enfiló rumbo al norte, donde sabía estaba la casa de ellos, donde sabía que estaba Danae. No se iba a largar sin saber su respuesta.

————————————

4 horas más tarde, caminaba por las empedradas calles de Schönwalde en busca de la Perwenitzer Straße, donde estaba la casa de descanso de la familia de Mor. Era el único dato que recordaba de la casa de Mor en Santiago: la placa de bronce con el nombre de la calle y el número, que siempre era motivo de consulta por los que visitaban la casa y que venía seguido de una linda historia de guerra, tratando de camuflar el hecho de que sus abuelos habían sido acérrimos defensores del fuhrer. Pablo nunca le preguntó porque una familia judío austríaca podía haber sobrevivido en Bradenburgo sin terminar en algún campo o fusilados ahí mismo. Mor siempre camufló también sus orígenes teutones en la escuela, indicándole a profesores que prefería que lo llamaran Mor, para evitar las burlas de sus compañeros. Casi todos accedieron, excepto el vetusto y estructurado profesor Salas, maestro de química, quien lo llamaba por su nombre completo, generando las risas de todos y la molestia de Mortimer Saltzman Von Gunnard. Pablo tuvo algunos dedos fracturados por defender a su amigo. Ahora no levantaría un dedo por ese imbécil, pensaba.

El invierno ya casi se había ido y los primeros tintes de primavera se dejaban ver por el pedregoso camino. Muchas casas parecían deshabitadas, enormes, solemnes, frías. Al final del callejón podía ver que un pintor movía un andamio con su pequeño ayudante, un niño de unos 11 años, extrañamente, moreno. Pablo se acercó curioso de aquel niño y a unos cuantos metros lo escuchó hablar español. Aliviado se precipitó a hablarles, cuando sintió el rugir de un carro tras el. Se orilló y vio el mismo mercedes que lo esperaba fuera del edificio de Mor. Se ocultó tras un árbol mientras el coche se detenía frente al pintor, intercambiaban palabras con el chofer, que giró el carro haciéndolo entrar en reversa a la enorme casona que remataba la calle. El gorila de la pistola bajó del carro y entró a la casa presuroso con una bolsa en la mano. Ni rastro de Mor. Pero esa era la casa, ahí debía estar Danae.

En una de las abandonadas casonas de la misma calle, encontró un columpio añoso, pero extrañamente sin óxido. Ahí esperó hasta sentir el mercedes acelerar para enfilar hacia la carretera. Caminó bajo las sombres de los árboles gigantes hasta la puerta de la casona. El pintor y el niño habían desaparecido ya. Recorrió el contorno del muro perimetral, mirando hacia dentro con la esperanza de divisar a Danae en alguna ventana o sentada afuera. Nada. De pronto descubrió que el muro se acababa y estaba dentro de la propiedad, por la parte posterior que daba a un terreno baldío, donde se notaba que alguna vez hubo un viñedo o algo parecido. Dio 2 pasos en dirección a la casa, cuando escucho un click seguido de palabras inentendibles. Levantó los brazos despacio y se giró para ver un tipo alto con unos bigotes graciosos como de caricatura, apuntándole con un rifle bastante grande. Cuando encontró una pausa en la perorata germánica del fusilero, solo atinó a decir lo que podía asegurarle que el bigotón entendería: Danae?

Pablo movía las piernas nervioso mientras esperaba sentado, bajo la atenta mirada del hombre de bigotes y de una anciana de grandes ojos azules, con un rostro adorable, de esas abuelas que parecen de cuento. En la escalera se oían ruidos, murmullos apagados de varias voces. No podía distinguir nada. De pronto por el pasillo escuchó pasos y se puso de pie rápido, para ver a una señora entrar rauda y decidida. Lo miró detenidamente, tomó aire  inflando el pecho, y masculló en un cortante español carente de musicalidad, una sola frase:

- “Frau Saldias dice que se retire. Y no regrese. Por favor, Herr Pablo

- Dígale que no me iré hasta hablar con ella.

- Ünmoglich, Herr Pablo. Buen día. ¿Kurt, könnten sie ihn an die tür, bitte?- indicó al hombre haciendo ademán de llevarlo afuera.

- Já, fraulein.- masculló el de bigote-

- No me pienso mover de aquí. Danae! ¿Oíste? ¡no me voy de aquí sin saber lo que piensas!

Kurt lo tomó de los hombros con fuerza, y Pablo zafándose rápido con ambas manos arrojó al alemán contra la pared, corrió por el pasillo en dirección a las escaleras gritando el nombre de ella a todo lo que daba su garganta y subió esperando encontrarse con ella. El pasillo superior estaba lleno de puertas, todas cerradas. Probó de una en una hasta que logró abrir lo que parecía ser una sala de estar. Vacía, con las amplias ventanas abiertas. Afuera, detrás de las cortinas, vió la silueta de la mujer por la que había recorrido medio mundo.

- Danae, amor…

- No me digas eso – escuchó una voz quebrada y débil, oculta tras las cortinas aún.

- Pero es la verdad. Eso no ha cambiado.

- Pero yo si cambié, Pablo.

- Tu no cambiaste por voluntad propia, amor…

- No, tú me hiciste cambiar.

- ¿Yo? ¡Pero si estaba en coma! ¿qué dices?

- Aunque no lo creas.

- Explícame, por favor…-

- No. Aquí no. En una semana estaré en Santiago. Ahí conversaremos.

- Mentira, me dices eso para que me vaya. No me iré sin ti, entiéndelo.

- Haz lo que quieras, Pablo. Pero si quieres escuchar mi versión, en una semana en Santiago. Antes no.

- No me iré hasta verte en el avión.

- Es tu decisión.

- Entonces nos vemos en ese avión…

Pablo giró para encontrarse de frente con Kurt que lo intentó tomar otra vez, pero su intento se vio frustrado por las manos en alto de Pablo que salió del cuarto caminando por el pasillo para bajar las escaleras, más enfurecido que triste, para caminar otra vez por aquella callejuela, esta vez con una idea entre ceja y ceja. Caminó hasta la casa del columpio, miró el letrero polvoriento en su reja metálica llena de ramas enredadas, anotó el número que ahí aparecía y se dirigió al pequeño almacén que divisó en la curva saliendo de la carretera.

En el columpio pasó la tarde, mirando los pájaros y viendo las hojas caer hasta que vio llegar un carro del cual bajó un hombre mayor, de unos 50 años, con un maletín y un joven con aire latino.

- Gutten Tag, Herr García-

- Hola, don…?

- Mi nombre es Hermann y este es mi ayudante Jesús.

- Jesús es su copiloto? – dijo Pablo buscando quebrar la solemnidad. Sólo el latino sonrió.

- Algo así. Bueno, aquí están los papeles, señor.

- perfecto, pero tengo un solo problema. Necesito llamar a Chile y desde el telefono del pueblo es imposible.

- Pues use mi teléfono entonces, Herr García.

- Excelente, deme un segundo.

Se alejó un poco, para hacer la llamada. Era su última chance de tomar el toro por las astas. Tenía que tragarse su orgullo y hacer lo último que se le hubiera ocurrido en una crisis. Marcó uno a uno los números, despacio, como si le doliera cada tecleo. El sonido de comunicación fue veloz. Tomó aire y exhalo en un suspiro tenso. Del otro lado alguien respondió.

- ¿Aló?

- Buenos días, con don Arnaldo, por favor.

- ¿Quién le llama?

- Pablo, dígale que es importante, que lo llamo desde Europa.

- Pablo a secas? Necesito más datos, señor.- espetó el otro con aire marcial.

- Dígale que… – la pausa fue su ego dolido y su orgullo gateando para no sucumbir, inútil – dígale que lo llama su hijo, Pablo…-

Del otro lado hubo una pausa, una respiración entrecortada…

…luego colgaron.

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In: Tenebrae Per Secula

15 Sep 2012

Es tan putamente injusto!

Aquellos licores fatuos, que rellenan la inconsciencia, la facilidad del no sentir, se vuelve excusa fácil para quien no quiere ser, para quien no sabe herir y lo hace sin querer.

La verdad es tan poco sincera, tan superflua!

Díganme falso por sentir en potencia, por sentir en esencia. Díganme tonto por creer en códices vetustos, descontinuados de la realidad alterna que rige la mente de la masa, incólume, que absorbe las palabras inocuas e itinerantes, siempre ineficientes, de la cordura ajena, de la inexistente inteligencia de los nuevos bríos…

Otrora fui rey, ahora soy paje. Otrora fui caballero, campeón de la luz aquella.

Ahora no es ley sino condena, la hidalguía no vale, sino la tontera. Es más cruzado un peón que un ilustre, más valioso un bribón que un andante letrado… este mundo no es de nos, sino de los que no han obrado, ni sobre tablas aparentado, aquellos que brillan por malvados, escasos de prosa, rima o canto, aquel no ilustrado….

Injusta es la vida, inerte el pecado…

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Cómo dijo?

No pienso poner nada autoreferente en este espacio. Para eso están las secciones con información ultra extendida sobre mi y las cosas que he hecho. Y no, no soy malas pulgas, ok? OK??

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