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24 Mar 2010

Photo by www.ibarraphoto.comNo podemos empezar sin dejar claro que la verdad siempre es algo subjetivo, muy subterraneo, casi inexistente, siendo prácticos. Lo relevante siempre deja a lo superficial en evidencia y viceversa. En desmedro absoluto de los que dicen poseerla, la verdad siempre es esquiva. Yo prefiero llamarla “certeza“. La certeza, a pesar de ser parecida a la verdad, cuenta con la ventaja de los hechos, consumados, evidentes o no. Basta una mera confirmación verbal a veces para sentirse poseedor de ella. Pero al mismo tiempo, la certeza es íntima amiga de la soledad, porque siempre se enemista con las fantasías, con las ideas a largo plazo y con las posibles expectativas que puedas hacerte de la vida. En este caso, obviaremos ambas cosas: la verdad y la certeza, en beneficio de la historia.

Pablo no tiene aún edad para ser tan calvo. Sin embargo la escasez de cabello le viene por añadidura a su trabajo. Dirigir una compañia no es algo que no requiera sacrificios o perdidas. La ofrenda de Pablo fue su melena grunge absolutamente fuera de onda.  Acompañando el incipiente “helipuerto”, como le dice su amigo y socio Mor, están las marcas en memoria de su antigua motocicleta. Casi imperceptibles son las demás cicatrices en cuello y manos. Sin embargo, el rasguño metálico que cruza su cabeza es algo que no pasa desapercibido en alguien que ya no tiene con que cubrirlo. Alguna vez intentó un sombrero, pero lo dejó luego que le preguntaran en un “happy hour” si era uno de los cubanos que cantaba salsa los fines de semana. Conformarse era lo último de la lista, pero, como siempre, lo más práctico y efectivo.  La cicatriz hablaba por sí misma. Comodidad, bendición.

Durante su permanencia en el hospital, Pablo se dio cuenta de una cosa importante que cambiaría el resto de su estancia ahí: no extrañaba a sus amigos, sus compañeros de juerga, su insistente postulante a novia, ni a su familia, a excepción de su madre, que para el no era eso, sino la mejor amiga que alguien puede tener. Y el no tenerla ya, le destrozaba las ganas de levantarse de esa cama y caminar otra vez. Quería dejar que la vida avanzara y llegar así al minuto de la sublime sabiduría absoluta, ese extraño minuto en el cual sabes que puedes despedirte con calma, incluso, con una sarcástica sonrisa, porque ya nada te sorprende, ya nada te atemoriza. Eres consciente de tu propia futilidad. Pero aquel minuto no llegaba y las ansias por saber lo devoraban, tanto, que se levantó un día y salió caminando entre las caras asombradas de médicos y enfermeras, mientras trataba de esbozar esa sarcástica sonrisa que se había imaginado.

Un año más tarde, en la primavera oscura y tímida del pueblo donde vivía, tomó en brazos a una mujer en la calle y decidió que ella sería la razón por la cual seguir, la causa de sus angustias y la cura de sus psicosomáticos cánceres. Ella, sin embargo, decidiría seguirlo de cerca, sin unirsele en sus fantasías con un papel protagónico, sino más bien de extra, como mera espectadora, como quien no desea salir en los créditos. Eso le dio sufieciente a Pablo para no desertar y lanzarse en busca de lo efímero, de lo conocido.

A Danae la había conocido en una junta en casa de alguien ahora irrelevante. Se encontraron ambos esperando el baño, excedidos de cerveza y con el aliento fundido en una potente mezcla entre cigarrillos, alcohol y muchas mentiras y excusas para poder irse pronto de ahí sin herir susceptibilidades. No se dijeron nada. Tomaron sus cosas y salieron con rumbo a ninguna parte, terminando en la ladera de un cerro con algo de nieve, mirando cómo los amantes circunstanciales fornicaban en estrechos automóviles de cristales semi empañados. Esto no lograba desatarles ningún deseo particular a ninguno de los 2, sino, una ternura básica, casi burlona. Tampoco se hablaron mientras observaban. Solo encendían un cigarrillo tras otro y bebían de la misma botella de tinto, a modo de desayuno, mientras se cobijaban el uno al otro en el asiento posterior de la camioneta.  Cuando el sol se volvió intolerable a los cansados ojos pardos de ella y a la insipiente jaqueca de el, emprendieron la retirada. Ella le indicaba con el dedo por donde ir. El solo miraba aquellas manos y no prestaba atención a las avenidas ni al sentido del tráfico en éstas. Al fin, llegaron a la desembocadura de una estrecha calle donde no podían avanzar. Ella bajó del auto y el, sin mirarla, solamente atinó a mascullar nervioso: “Perdóname”.  Ella sin dejar de sonreír levemente, se acercó y le besó la frente, larga e intensamente, para luego salir corriendo por el estrecho pasaje y desaparecer mientras el sol en lo alto y una fila de autos atochados detrás de la camioneta le decían a Pablo que era hora de acelerar cuesta arriba.

Una vez en casa, ya desnudo y con el acohol eliminandole neuronas a tiros de escopeta, sintió algo que lo dejó dormirse en paz y sin temor al solitario despertar de cada día.  Se sintió seguro. Sin saber el motivo pero si el origen, tomó el telefono y marco los 8 numeros que ella misma había escrito mientras el hacía lo mismo en un papel arrugado de su bolso. No hubo respuesta. Pero una sonrisa extraña se asomó en la comisura de sus labios. Y se durmió mientras le buscaba explicación a eso.

Mor lo despertó con un golpe suave en la cabeza mientras le arrojaba el periódico mostrandole el anuncio que habían contratado. Se veía mejor en la computadora que en el papel, pero cumplía su objetivo. Una cara de una niña sonriente acompañaba un esqueleto de un edificio en 3D. Mor le hablaba rápido y gesticulaba con las manos. Pablo no entendía nada y aún tenía resabios de lo que estaba soñando en los ojos, que se restregaba con fuerza. El dolor de cabeza se había convertido en una sensación leve de nausea y un sabor amargo en la saliva. Café. Eso es lo que necesitaba.

Mientras revisaba su email, descubrió que tenía una llamada perdida de ella. Temprano, mucho antes de que Mor lo despertara. Marcó de vuelta. Tonos, silencio. Marcó otra vez. Nada. Frustrado sacó un cigarrillo, lo encendió y lo apagó de inmediato al sentir el gustillo amargo en su boca. Un golpeteo de zapatos en el pasillo llamó su atención. Su secretaría no era de las que usa tacos, menos zapatos. Eso le gustaba, por eso la contrató. Porque usaba zapatillas en plena entrevista. El golepeteo otra vez, más cerca. Golpes en su puerta. Extrañado se acerca y abre pensando en mil cosas al mismo tiempo. Alan está parado ahí con su mejor, con una foto tamaño gigante de un edificio. Detrás de el, en una de las sillas de la recepción, Danae lo mira por sobre el hombro de Alan, y le otorga esa sonrisa que le hace entender tácitamente todo. Alan entra a la oficina y Pablo no cierra la puerta, le dice unas cuantas cosas, le entregue un sobre, las llaves de la camioneta y lo despide con un apretón de manos, muy poco habitual en el. Caminamos juntos por el pasillo y Danae lo sigue a corta disntancia. Una vez frente al ascensor, el se regresa y toma a Danae de la mano y la lleva a las escaleras. 3 pisos, el estacionamiento. Ella no entiende nada, pero atina a decirle “Menso, le diste las llaves a ese tipo”. Ríen y se miran como no lo habían hecho nunca. Corren rumbo a la rampla de salida, esquivan la barrera y por la acera van veloces hasta la esquina, donde toman un taxi y desaparecen de la sombra del edificio enorme del que acaban de huir.

Nunca lo habñia considerado, pero cuando pasaron por fuera de la tienda, le entrego un billete al chofer y bajó corriendo mientras ella lo llamaba y trataba de alcanzarlo. Lo perdió de vista. Las lágrimas ya se asomaban cuando el estruendo fuerte la hizo girar la cabeza y encontrarse con el sobre una moto nueva, brillante y con un casco en su mano, invitandola a subir.  Subieron al mirador de aquel cerro con luces, con la torre de reloj. Ahí hablaron por primera vez de qué carajos estaban haciendo. La emoción es potente en ambos. Pablo toma un cabello que cae de la melena ordenada color miel. Lo pone entre los botones de su camisa, y le besa la frente con ternura.  Cuando acerca sus labios, ella rompe en llanto y se pone a correr por la ladera abajo. Trata de alcanzarla, inutilmente. Desaparece por entre los arboles. Pablo no entiende nada. Acongojado, toma le casco sobrante y lo cuelga de la parte posterior de la moto, arrancandole rugidos al motor mientras giraba para descender la colina. Una vez en la última curva  antes de lllegar a la avenida, presiona el freno con suavidad, el cual desciende con velocidad y sin otorgar resistencia alguna. Intentar saltar era inutil. Pablo voló al primer golpe de un Escarabajo, y al caer al suelo en la pista contraria sintió sus piernas doblarse de una manera ridicula e imposible. No dolió, pero al querer levantarse, se dio cuenta que no respondían. Un último carro chirriando las llantas terminó de pasarle por encima mientras el silencio se apoderaba del ambiente y una densa neblina le cubría los ojos…

 

(continuará…)

 

PS: he decidido volver a escribir, y como odio el soporte de office para hacerlo, prefiero usar mi blog. Amo wordpress y además, puedo recibir criticas inmediatas para ir mejorando el asunto… Gracias a Duchovny por la motivación.

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Cómo dijo?

No pienso poner nada autoreferente en este espacio. Para eso están las secciones con información ultra extendida sobre mi y las cosas que he hecho. Y no, no soy malas pulgas, ok? OK??

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