In: Lux Post Tenebrae

3 Aug 2011

Cuando pudo abrir los ojos, Pablo descubrió que no podía mover la cabeza ni el resto del cuerpo. Estaba sujeto a unos arneses y había yeso en cada extremidad. Una venda no le permitía mirar con el ojo derecho en su totalidad, y la luz potente de los tubos fluorescentes le nublaba lo poco que podía enfocar hacía el frente con el ojo izquierdo. Dolor, como nunca. Distinto al que sintió cuando le dijeron que su madre no estaría más, que se había ido para siempre. Fue la primera vez que recuerda haber sentido dolor, insoportable dolor al extremo que golpear las paredes hasta deshacerse los nudillos no fuera algo perceptible para su cuerpo. pero este dolor era distinto. No podía evadirlo ni siquiera con recuerdos bonitos. Estaba ahí, había que tolerarlo y hacerlo parte.  Eso fue la primera semana.

No alcanzó a pasar un día sin que se empezara a cuestionar qué carajos habia pasado y porqué. Intento preguntarle a la morena enfermera que lo venía a ver cada ciertas horas, reloj en mano. Inútil. Quiso abrir la boca y las vendas y una puntada directo al cerebro lo hicieron desistir. Cuando apareció el médico, escucho otra voz masculina, una voz conocida, mascullando preguntas entre dientes como quien maldice a alguien. El medico respondía con monosilabos, hasta que por fin elaboró una frase. “No creemos que vuelva a caminar nunca más” dijo el doctor mientras meneaba la cabeza algo nervioso. Pablo intentó mover sus pies y confirmó: no sentía nada, del cuello hacia abajo.

En una tarde donde la luz del sol se coló por las persianas montando un digno espectáculo, sintió un llanto leve, pero muy compungido junto a donde suponía estaba la puerta. A los pocos minutos, escucho un “no, no puedo” y oyó los pasos alejarse. Los pasos, ese sonido. Sus recuerdos estaban fragmentados por las ruedas de un “pan de molde”, un vehículo de reparto que le abrió la cabeza, que de no ser por el casco, se hubiera desarmado como un tomate maduro cayendo de un quinto piso.  Y ahora esos recuerdos empezaban a mezclarse con sus sueños, difusos, sin saber cuál era qué ni quién era nadie. El único recuerdo que no se había ido era el de su madre.  Y la veía y escuchaba constantemente decirle “Puedes, no? Si quieres, puedes… hazlo!” . Pensó en sus manos, y sintió tensarse sus dedos.  para cuando la enfermera entró, ya había conseguido empuñar una mano, no sin problemas y agudas punzadas. Nadie se percató.

Un visitante le trajo una pequeña radio, que colocó cerca de su mesa de noche.  Quiso darle las gracias mostrandole un pulgar. No lo consiguió, pero el visitante, eufórico, se percató del puño cerrado temblando y llamó a todo el mundo a gritos.  Lo llenaron de luces, cables y lo volvieron a revisar por todos lados. Sintió algo, un cosquilleo suave en el contorno del pie.

Así, durante meses, estuvo intentando por cuenta propia mover partes de su cuerpo, infructuosamente. Hasta ese día que escuchó nuevamente los pasos firmes y el sonido seco contra el suelo, distinto a los demás. Antes que se diera cuenta, estaba mirando hacía la puerta donde estaba el visitante con una mujer, que no apreciaba bien por la luz detrás de ellos. Ella sonrió al ver que sus ojos se encontraban y el parecía saber quién era. En verdad, no lo sabía aún, pero tenía la sensación de que tenía que levantarse para conocerla. Certeza. Y en su tercera visita levantó su mano para tocar el cabello color miel que caía sobre sus hombros.  De ahí en adelante moverse no fue un problema. Lo único que parecía imposible, era mover las piernas. De mil formas se concentraba, oraba, buscaba maneras de mover aunque sea un poco cada dedo. Y lo único que lograba era sentir el cosquilleo leve en los costados. Nada.

Un día la miró en detalle y apenas pudo pronunciar: “Danae”. Ella lo miró, entre lágrimas y le preguntó si recordaba todo. No pudo contestar, no sabía de qué hablaba. Solo vino ese conjunto de sonidos a su mente en cuanto la vió. Ella comenzo a venir acompañada,  trayéndole fotos y cosas que sí sabía que eran suyas. Cosas de su madre, también. Una foto, una postal, un billete con algo escrito. Un anillo.  ”Pablo, te tengo que dejar. Me iré a Glasgow. Nos iremos, Mor y yo.” Sintió el temblor entre las piernas. Una especie de calambre eléctrico. Giró la cabeza, apoyó sus brazos en el borde y cayó. Un grito, pasos acelerados, manos. Silencio. Al día siguiente, abrió los ojos y recordó todo. El sonido del aguanieve cayendo sobre la camioneta, el aroma del vino, los dedos congelados y el sabor del labial. El amanecer gélido afuera y cálido en su mente. La luz del sol cegándolo mientras conducía. Sus manos apoyándose en sus piernas. Miradas, frases a medio terminar, llantos, el sonido del aire pasando veloz por su rostro y la aridez del pavimento en sus manos. Danae. Mor y su trabajo. Danae otra vez, distinta. Volvió a sentir ese calambre centelleante y sin darse cuenta tenía ambos pies en el suelo frío, que le parecía de goma, blando y tembloroso. Sujeto a las paredes llegó a mirarse al espejo junto al lavabo. El tipo que estaba ahí tenía un aire familiar, pero grotesco, casi de película. El cabello  largo y desordenado, cubría todo menos la marca que brillaba y se elevaba varios centímetros de su frente y sobre su ojo.  Notable.  Revisó la habitación,  calzándose unas pantuflas blandas puestas ordenadamente junto a una caja con fotos y papeles, y un bolso gris. Ropa. Solo logró acomodarse un sweater con capucha y desplegar un roñoso saco café. Se acercó al lavabo, mojó sus brazos y su cabeza, tratando de sacarse las manchas del adhesivo de las vendas y ordenar el sucio y enmarañado cabello. Con mucho esfuerzo y la ayuda de un colgador de alambre puso la capucha sobre su cabeza y emprendió la marcha, ya con menos esfuerzo y sin apoyarse por el pasillo, raudo. Casi llegando a la puerta, se cruzó con la morena, su enfermera. Ella lo miró asombrada y el solo atino a decir “gracias…Danae?”. Ella sonrió y mirando para todos lados lo hizo cruzar la puerta mientras escribía algo en un papel, lo subía a un taxi que esperaba a alguien más afuera y le daba billetes e instrucciones al chofer. “Carla, de nada… ve, hazlo” le dijo antes de cerrar la puerta y desaparecer por el cristal mojado del carro que aceleraba mientras él volvía a sentir el calor del suelo en sus pies, y sonreía aún algo desconcertado…

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Cómo dijo?

No pienso poner nada autoreferente en este espacio. Para eso están las secciones con información ultra extendida sobre mi y las cosas que he hecho. Y no, no soy malas pulgas, ok? OK??

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